Río Abajo: de Erika Diettes

por Ricardo Arcos-Palma
Director del Museo de Arte U.N. Bogotá 2010.


“Cuando el dolor me lastima la memoria”.
Testimonio de familiar de desaparecidos.

“¿Cómo logré llegar a estas tierras felices?
¿Cómo sobreviví a los ríos y a los años?”
William Ospina. Ursúa.

“En este punto, una cuestión me abruma:
¿No habrá sido la muerte el primer Navegante?”.
Gastón Bachelard. El Agua y los sueños.

En Colombia la situación política matizada por la violencia, no ha dejado indiferentes a varios artistas, entre quienes encontramos a Doris Salcedo, José Alejandro Restrepo, Clemencia Echeverri, Álvaro Ordoñez y Raúl Naranjo entre otros. Erika Diettes quien hace parte de este grupo de artistas – y a quien escogí como parte de los artistas que participarían en fotográfica Bogotá 2009 y quien ha sido seleccionada recientemente para participar en la exposición colectiva Rupturas y Continuidades en el Museo de Bellas artes de Houston al lado de Vito Acconci, Christian Boltanski,  William Eggleston, Gordon Matta Clark, entre otros -, utiliza la fotografía para acentuar el carácter documental inherente a esta y así, tratar de preservar la memoria colectiva. Cuando pude presenciar por primera vez su obra “Silencios” (2005), me di cuenta que estaba en frente de una obra madura, por su contudencia formal y conceptual, pese a la juventud de la artista (nacida en cali en 1978). Esta exposición realizada en el antiguo teatro Faenza y luego expuesta en el Museo de arte Moderno de Bogotá, en Cali, en Medellín y en Santiago de Chile, mostraba algunos sobrevivientes de la segunda Guerra Mundial de la comunidad judía residentes en colombia. La serie de retratos en un primer plano y mediano formato de esos personajes estaba acompañada de los manuscritos ampliados donde ellos escribieron algo alusivo a su propia existencia: un rostro en blanco y negro de un anciano de mirada triste. Una foto de él mismo cuando tenía 18 años, con sombrero y abrigo. La foto está sostenida por su propia mano tocada por el tiempo. Un anillo en su dedo meñique. en el manuscrito se podía leer lo siguiente:

“Nacy en 1914 en un pueblo Lipcani que pertenecía a Ucrania antigua Rusia pasando mi juventud únicamente entre judíos los cristianos que vivian con nosotros tenían que habitar Jdish para que pueden jugar con nosotros vivimos regular pero no rigos cuando llegamos a Colombia empezamos a vivir bien gracias a esta país tan rico y tan bueno para vivir por eso cuando me preguntan cuántos años tienes digo que 58 años porqué? Digo porque mi vida empezó en Colombia la vida anterior no cuenta de nada estoy feliz en Colombia con mi Sra y mis hijos. Rubén Vodovoz. cc. 14958004 Cali”.

Testimonios e imágenes como éstas de hombres y mujeres escapados de los campos de concentración nazi, estaban dispuestos sobre las sillas rojas del teatro Faenza. Para poder apreciarlas el espectador tenía que circular entre las sillas generando una especie de procesión. De hecho este elemento ritual, aparece una y otra vez en la obra de Erika Diettes: el espectador realiza una procesión para acercarse a esas obras y así crear un diálogo íntimo con la imagen que le sirve de espejo.

Otra obra que merece reseñarse y que se inscribe dentro de la serie de río abajo, que hoy exponemos en el Museo de Arte de la Universidad Nacional, es “A punta de sangre” (2009), presentada en Fotográfica Bogotá. Esta obra enmarcada en el corazón de la Plaza de Bolívar, cerca a la escultura del libertador - realizada por el artista italiano Pietro Tenerani (1789-1868)-, entre el Palacio de Gobierno y el Palacio de Justicia, entre la catedral Primada y la alcaldía Mayor de Bogotá, interroga de frente nuestra sociedad. Esta obra está compuesta por tres fotografías de gran formato, enmarcadas cada una ellas en aluminio y protegidas por un cristal. La primera imagen que podemos ver es parte del rostro de una mujer que emerge de un negro profundo como si se tratase de una pintura del tenebrismo español. El rostro de la señora, de unos cuarenta años de edad, aunque las marcas del sufrimiento le hacen ver de más edad, lo vemos parcialmente en un primer plano: su ojo izquierdo, su boca cerrada, sus cabellos largos y negros acentúan una mirada de resignación. En ese rostro (de una madre que aún sigue quizá esperando el regreso de su hijo desaparecido o de una hermana que no tiene noticias de su hermano o de una hija que aún no sabe de su padre), podemos ver como el rostro de todo un país inmerso en una violencia política que no da tregua, donde todos en realidad somos víctimas de un pasado que no hemos querido mirar atrás, por temor a quedarnos paralizados; sin embargo, deberíamos tener la terquedad de la esposa de Lot, para mirar ese pasado que cae en ruinas. El rostro de esa mujer, nos hace pensar en la esposa de Lot, mujer sin nombre según la palabra divina, que se atrevió a mirar a atrás a riesgo de quedar petrificada en sal.

A la extrema derecha del tríptico podemos ver el rostro –porque los animales tienen rostro- de un buitre, el famoso chulo que se ha convertido según pudo verificarlo la propia artista en el oriente antioqueño, en un perfecto aliado frente a la imposibilidad de encontrar los cuerpos de las víctimas. De su pico, cuelga una gota de sangre. El chulo ha sido desde tiempos inmemorables, “ave de mal agüero” pese a las bondades de limpieza que desempeña. Su imagen en el imaginario colectivo, ha estado siempre vinculada a la muerte. Algo que la artista recuerda bastante impresionada, es cuando por primera vez atravesaba la calle principal de Granada, pueblo en el oriente antioqueño, fuente de esta obra y, mirando al cielo veía en los tejados y en los cables de la luz una cantidad impresionante de estas aves negras, “como si- dice la artista-, cada habitante del pueblo tuviera su propio chulo”, una especie de ángel guardián negro. “A punta de sangre es un trabajo que nos hace reflexionar en esa imagen representada en el anacrónico escudo nacional –dice Christian Padilla en el texto de presentación de esta obra-, donde ningún otra ave sino el chulo merece el privilegio de posarse, dominando la tierra de la fertilidad, de la riqueza y de un canal ya perdido. Un ave que ha recibido el desafortunado destino de ser portador de obituarios y la personificación de la muerte en un territorio donde el crimen es noticia cotidiana”. En efecto esta imagen del chulo se convierte en un testigo mudo de un crimen que ha sido ahogado en los ríos de la impunidad nacional. Como única prueba palpable del crimen queda la gota de sangre que se dispone a caer de su pico carroñero.

En medio de estas dos imágenes, aparece una similar a las de Río Abajo, donde la artista pone de manifiesto las prendas de desaparecidos sumergidas en agua. En este caso no hay prendas, lo que nos haría suponer que no hay rastro de las víctimas. Sin embargo según las otras dos imágenes, la del medio nos hace pensar una especie de consuelo, de esperanza. El agua, cristalina aquí, nos hace pensar en una especie de sanación de purificación de un hecho atroz lo que atenúa las dos imágenes. El agua quizá aquí alude al ausente, a quien se espera en ese discurrir del tiempo, en ese pasar de las aguas.

Estas imágenes expuestas de cara al Palacio de Justicia y a espaldas del Palacio de Gobierno, es un enfrentamiento a la ciega que sostiene la balanza. dos ojos: el de la señora y el del chulo, miran como si fueran un solo rostro, esa masa imponente donde la Justicia de este país, intenta ejercerse. “La justicia, cojea pero llega” se oye con frecuencia. Pero qué imagen tan terrible esta, de una justicia ciega y coja, parece decirnos A Punta de Sangre, en un cruce de miradas, en un diálogo imposible, donde nosotros espectadores nos ponemos en el medio mirando esas imágenes, dando la espalda al palacio de justicia, pero al mismo tiempo viéndolo en el reflejo del cristal que cubre las fotos y en el reflejo de los ojos del chulo y la señora.

De esta manera se abre un carácter testimonial y documental que la obra de diettes va seguir explorando y que cobra su mayor fuerza en su producción más reciente Río Abajo. Esta obra es bastante compleja pues se sitúa en el vértice de la obra de arte y la realidad social, entre la estética y la política, entre la fotografía como imagen artística y la fotografía como documento. En uno y otro caso esta serie se inscribe dentro un presente que intenta salvaguardar la memoria de los desaparecidos, en el conflicto colombiano vengan de donde vengan.

Ríos de lágrimas.

La historia de los ríos en nuestro país, no solamente nos hablan del progreso, de los paseos de olla, sino que también está unida al dolor y la muerte. Recuerdo las palabras del artista Álvaro Ordoñez, residente en Estados Unidos: “cuando era niño, era frecuente escuchar a mi madre gritarnos desde la orilla del río: “salgan rápido, que viene un bulto””. El artista al crecer supo que esos bultos –los cuales ahora son referente importante de su obra performática-, eran cuerpos de víctimas de la violencia. Para desaparecer toda huella de masacres, los cuerpos son arrojados río abajo. A propósito de esto el curador y crítico de arte Miguel González escribe sobre la obra de Diettes:

“Una de las formas de evasión que se propician con las víctimas es el abandono de los cuerpos en los grandes ríos y en los mares del país. Ese destino fluvial es una forma de quitarle identidad a los muertos y también una manera de atomizar los tabulados que se puedan hacer sobre los mismos. Es un esfuerzo por borrar los hechos y dejar a la corriente la desintegración de los testimonios del delito. Entonces el agua se convierte en un escenario macabro dislocando todos sus significados que la señalan como fuente de vida, vehículo de prosperidad, garantía de subsistencia y agente de fecundidad. Al negar estas características los torrentes caudalosos se convierten en agentes de impunidad y en paisajes macabros que hacen circular la muerte”.

En efecto los ríos tienen esa carga simbólica que los acerca a la muerte: recordemos en la Grecia antigua, como las almas eran transportadas por un barquero de nombre Caronte, quien llevaba de la orilla de los vivos a la orilla de los muertos esas almas que habían dejado su cuerpo. El principal río de colombia el río de la Magdalena, tiene ese nombre por la cantidad de lágrimas que generó a los conquistadores al mando de Rodrigo de Bastidas en la conquista de nuestras tierras. Un nombre que contrasta con aquel que había dado los indígenas ribereños Yuma, que significa río amigo. En efecto desde ese entonces el río no es fuente de vida sino un depósito de muertos. Recordemos esa imagen trágica de Lope de Aguirre llevada al cine por Werner Herzog (“Aguirre o la ira de Dios”, 1972) donde el conquistador en su locura por el oro, lo lleva a lo más profundo del río Amazonas dejando muerte a su paso.

Los ríos de Colombia, quizá más que otros ríos del mundo, están llenos de violencia, de muerte, de desapariciones. Son verdaderos testigos mudos de esta tragedia que desangra al país desde hace más de medio siglo ya, en un conflicto de origen eminentemente político que hemos querido olvidar o no mirar de frente en los tiempos del terrorismo. Pero los verdaderos artistas, con la misma terquedad de la esposa Lot, se atreven a mirar hacia atrás, hacia la historia y mirar aquello que cae en ruinas tal como lo hizo el Angelus Novus (1920) de Paul Klee, imagen pictórica que fascinó al filósofo alemán Walter Benjamin, quien decía al respecto en su novena tesis de la historia:

“Hay un cuadro de Klee (1920) que se titula Ángelus Novus. Se ve en él a un Ángel al parecer en el momento de alejarse de algo sobre lo cual clava su mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas. El ángel de la Historia debe tener ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas… Esta tempestad lo arrastra irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal tempestad es lo que llamamos progreso. »

En efecto esa mirada del ángel que mira con horror como cae en ruinas el pasado, es la misma que posa el artista comprometido con la memoria y que de una u otra manera intenta redimir gracias su obra, el dolor de los demás, dar un lugar a la palabra de los sin voz, asignar un alivio a los vencidos y redimir la memoria del otro. En estos términos la obra de Erika Diettes, actúa sobre el pasado y el presente, acentuando la idea que el futuro se construye solamente sino no olvidamos el pasado; así y solamente así no cometeremos los mismos errores y horrores.

Erika Diettes, hace un par de años, encuentra a un antiguo amigo quien trabaja en el Cinep y al ver el interés de la artista la pone en contacto con una población donde la mayoría de los habitantes tiene uno o varios familiares desaparecidos, a causa de una guerra intestina entre guerrilleros, paramilitares, narcos y fuerzas del estado. Granada y La Unión situadas en el Oriente Antioqueño, son unos pueblos asolados por la violencia como buena parte del país, producto del conflicto armado de origen eminentemente político; allí Diettes encuentra a varias personas que le cuentan de sus seres queridos y le muestran una serie de prendas y objetos que hablan de su ausencia: camisas, zapatos, ropas, fotografías, etc. A partir de ahí la artista decide realizar un trabajo fotográfico que documenta esas cosas. Luego de varias visitas al lugar, Diettes decide realizar una primera exposición en la casa de la cultura de Granada (2008), en plena “Jornada de la luz”. Los asistentes veían a sus ausentes a través de fotos impecablemente enmarcadas en metal. El espectador, quien no es cualquier espectador, pues son realmente aquellos quienes quieren ver el rastro de su ser querido, al acercarse a esas imágenes vela encendida en la mano, logra mirar de frente la ausencia, y ahí, en ese mismo instante se opera algo: se realiza un duelo por aquél ser a quien se sigue esperando. Esta exposición logra abrir un campo poco explorado a tal punto que una antropóloga con intereses similares, decide entrar en contacto con la artista:

“Me encontraba en la ciudad de Medellín cuando leí en el periódico El Tiempo del 1 de septiembre de 2008 un artículo en el cual se anunciaba la exposición de la artista visual Erika Diettes. El nombre de la muestra me impactó de entrada, “Rio Abajo”, más aún porque a ese nombre se sumaba una sentencia reveladora: los ríos de Colombia son los cementerios más  grandes del mundo. La magnitud de tal afirmación sería confirmada con creces cuando la propia Erika reprodujo las palabras de una mujer del Oriente Antioqueño que afirmaba negarse a entrar al mar o a los ríos a la espera de que éstos le devolvieran a sus hijos.”

Los ríos de Colombia en efecto nos hacen pensar en esas aguas pesadas, en ese “complejo de Caronte”, según las palabras del propio Gastón Bacherlard, que nos recuerdan que la vida y la muerte están presentes. Esos ríos, no son fuente de vida, no lo digo solamente por el extremo grado de contaminación que ellos padecen, sino también por la larga historia de sepulturas sin nombre en que se han convertido.

Prendas-memoria.

Lo único que nos queda del ausente son sus cosas; esta sentencia la deduje cuando observé por primera vez el cuadernillo que erika me mostró en su estudio en Bogotá: en él había una serie de fotografías de las personas que ella había encontrado en su distintos viajes al Oriente antioqueño y de los objetos de sus familiares desaparecidos, víctimas de la violencia. recuerdo aún una serie de fotos que dejaban ver unas botas, una camisa y pantalones aún bien planchados, a la espera de su dueño. todos estos objetos son fotografiados por la artista bajo un dispositivo extremadamente poético, luego de que los familiares le enviaran más de quince prendas y objetos a su estudio.

Cada prenda u objeto, nos habla de alguien en particular, de un cierto gusto por el vestir, de su personalidad, de la labor que desempeñaba. Cada prenda es en sí misma la memoria viva de aquél quien ya no está. Cada prenda es una huella que se resiste al tiempo, para intentar guardar en la memoria, un rastro o un rostro ya invisible de quien ha partido contra su voluntad, de una manera violenta.

Las prendas, son verdaderos hábitos que nos hablan de un lugar y de una persona en particular: botas, gorras, camisas, chamarras, pantalones y toda suerte de vestimenta, aluden directamente a partes del cuerpo. Algunas de esas prendas, aún guardan impactos de proyectiles. Prendas, testimonio de un asesinato, que en esta ocasión se sumergen en el agua cristalina, pura y transparente para poder limpiar ese oscuro episodio de la desaparición.

Las prendas hechas imagen, acentúan el carácter terapéutico del arte: cada imagen restituye de una u otra forma el ser ausente. Esto lo pude verificar en una visita que hicimos con la artista en el 2009 a al Oriente Antioqueño, donde varias víctimas se reunieron una vez más frente a esas imágenes. en este instante la prenda adquiere otra connotación, podríamos decir que la prenda adquiere el cuerpo que le fue arrebatado violentamente. Es ahí donde radica el alivio que encuentra quien contempla la imagen.

Agua pura.

De esta experiencia, Diettes recoge varios testimonios, objetos y prendas de desaparecidos que va a fotografiar en su estudio. En esas imágenes de gran formato impresas en vidrio, se pueden apreciar las prendas sumergidas en agua: un agua transparente que las muestra en un estado aséptico. Muchos pensarán que esas imágenes no aluden directamente a un río crecido, violento, lleno de tierra. Esto es cierto, pero a la artista no le interesa “representar” el río en sí que se ha llevado esos cuerpos violentados. Sino por el contrario hacernos ver como esas prendas que estaban listas para vestir al esperado que nunca llegó, flotan en una especie de agua pura, limpia que en este caso es metáfora del alivio. Sus fotos no son para nada violentas ni aluden a un violencia cualquiera. Sus fotos están llenas de serenidad, como si eso fuese uno de los ingredientes necesarios para que esos ausentes recobren al fin su tranquilidad. En este sentido la obra entra en una dimensión terapéutica. El agua sana, purifica nos dice el imaginario colectivo y diettes hace esto evidente en su obra que parece hacer eco a las palabras de Gaston Bachelard:

“La luz pura por el agua pura (…) Cerca del agua, la luz toma una tonalidad nueva, parecería que la luz tiene más claridad cuando encuentra un agua clara (…) La esperanza de  curación aparece naturalmente ligada al complejo de la Fuente de Juvencio. La curación por el agua, en su principio imaginario, puede ser considerada desde el doble punto de vista de la imaginación material y de la imaginación dinámica.”

Estas prendas sumergidas en agua, parecen conservar en sus pliegues, en sus colores, una eterna juventud del que las portaba. Los que esperan envejecerán y en sus memorias sus ausentes permanecerán sin envejecer. Ese es el drama que viven los que sobreviven y ese drama Erika Diettes lo ha materializado de una manera magistral, lejos de todo esteticismo, en el que se puede caer con mucha facilidad. “Uno no separa el tiempo” decía una de las personas que sigue esperando a que su ser querido llegue algún día, así sea para enterrarlo dignamente. Y a ese drama nos enfrentamos todos en este país donde la memoria de los vencidos –como insistía Walter Benjamin- debe ser resarcida con urgencia: y aquí el arte juega un papel fundamental.

La muestra se expuso posteriormente en el “Antiguo Palacio de la Inquisición” en Cartagena de Indias donde su obra cobró otra dimensión. Aquí la obra adquiere una connotación más dramática. En Buenos Aires en el Centro Cultural Recoleta, tiene otro matiz “los argentinos fueron muy sensibles a esto que estaban viendo pues ellos han vivido historias similares a las nuestras” dice la artista en una conversación que tuvimos; se expuso también en Houston -Texas donde la lectura vuelve y cambia, y finalmente en New York, la lectura de la obra sigue manteniendo lo fundamental, pese al cambio de contexto: la restauración de la memoria.

Esta obra rompe por completo con una pose altruista tan corriente en el arte contemporáneo donde el artista se asume como etnógrafo y visita al Otro para hacer obra. Pero tal visita no le toca, no lo atraviesa y por lo tanto no se transmite en su obra. En el caso de Erika Diettes sucede todo lo contrario: su experiencia no se queda en la obra en sí, sino que irradia un contexto social acentuando el carácter terapéutico del arte. El arte sana, de eso que no queda la menor duda.

Restauración de la memoria.

La obra de Erika Diettes y en particular Río Abajo está cada vez más confrontada a la tarea difícil de restaurar la memoria. La memoria es lo único que garantizaría no olvidar a los vencidos, y en una guerra como la que desangra a nuestro país, hay miles de miles de vencidos. Para todos ellos hay que establecer un memorial sin lugar a dudas. Y obras como Río Abajo actúa en este sentido. El arte, en contextos como el nuestro, deviene evidentemente político: y la preservación de la memoria es un acto político. Seguí, como dije anteriormente a la artista en uno de esos viajes que ella realiza al Oriente Antioqueño. encontré a las personas que ella había encontrado con anterioridad, hablé con ellas como lo hizo la artista, las seguí en su diálogo con las imágenes realizadas por la artista; me sorprendió, el contacto que establecen los familiares de víctimas de la violencia, con la obra de erika, cada uno de ellos cogía la imagen fotográfica en sus manos y con una vela hacía que las imágenes surgieran con fuerza del cristal. Esta mirada se convierte en un detonante de algo que parecería urgente: la memoria debe restablecerse para poder despertar de un gran letargo.

En una ocasión, cuando uno de esos seres queridos nos han dejado por semejantes circunstancias, yo escribía el siguiente poema titulado Memoria:

“Anoche tuve un sueño. Soñé que mi memoria desaparecía. Sentí vértigo al pensar, que al despertarme, no recordaría que había soñado. Desde entonces padezco de insomnio.”

Esa imposibilidad a dormir por temor a perder la memoria, es lo que Walter Benjamin llamaba el despertar. Frente a una sociedad adormecida, el despertar se convierte en un instrumento para poder resguardar la memoria de los muertos, de los vencidos. Solamente así, una sociedad como la nuestra, podrá tener la posibilidad de recobrar un camino hacia la reconciliación. Solo ese despertar garantizará el fin de la impunidad y de esta pesadilla.

En efecto esta obra parecía ser hecha para esas víctimas de la violencia. Al restituirles esas imágenes-memoria, al devolverles esos objetos y prendas que adquieren un cuerpo, metafórico, no real desafortunadamente, aquellos que han padecido la violencia parecen no temerle al olvido y lo confrontan con los ojos bien abiertos. Al ver cada una de estas personas del Oriente Antioqueño desfilar una tras otra, con una vela en la mano, iluminando esas imágenes transparentes, me di cuenta que el arte si sirve para algo. Y eso en verdad es reconfortante.

Río Abajo, curada por Carlos Alberto González y que ahora se expone en la sala principal del Museo de arte de la Universidad Nacional de Colombia, luego de haberse expuesto últimamente en los Estados Unidos y, lejos de esos lugares testigos de la tragedia de las desapariciones y origen de las imágenes, sin lugar a dudas será una de las obras más reveladoras en el sentido estricto de la palabra y más importantes de estos tiempos en lo que a la memoria y su preservación se refiere.

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