A Punta de Sangre

por Christian Padilla
Historiador de Arte Universidad de Barcelona

Existen lugares de nuestra geografía donde animales que encarnaban la muerte son ahora símbolos de una triste esperanza. En numerosos sitios de Colombia, las desapariciones forzadas desembocan en los ríos, símbolos de vida y de la riqueza de nuestra patria. Los cadáveres flotan de vez en cuando en las orillas y la gente acude ante el asedio de los chulos, convirtiéndose éstos en aliados al momento de indicar cuando un desaparecido ha aparecido, infortunadamente muerto. Esa esperanza que sienten los dolientes ante la presencia de las aves negras es una emoción ambigua porque quienes velan por sus desaparecidos prefieren a veces la fatal noticia a la incertidumbre. La verdad es que después de identificar a sus cadáveres hubieran querido no haberse enterado. “Aves de mal agüero”.

A Punta de Sangre es un trabajo que nos hace reflexionar en esa imagen representada en el anacrónico escudo nacional, donde ningún otra ave sino el chulo merece el privilegio de posarse, dominando la tierra de la fertilidad, de la riqueza y de un canal ya perdido. Un ave que ha recibido el desafortunado destino de ser portador de obituarios y la personificación de la muerte en un territorio donde el crimen es noticia cotidiana.

Con su trabajo, Erika Diettes nos acerca a un drama que muchos vivimos sólo como espectadores lejanos: la noticia cotidiana de desaparición de personas. El tema no es nuevo desde la perspectiva de los artistas, pero en el caso de Diettes hay, como siempre, una investigación previa que la acerca al conflicto y sus damnificados para oír de ellos la otra versión, la que no aparece en la noticia, la que no es solamente una corta mención antes de las notas de farándula. La indiferencia general generada por estos enfoques reporteriles es la excusa para que esta artista busque hacer evidente en forma monumental una situación real que sólo puede ser denunciada en el sentido inverso. Si los gritos de auxilio siempre se dirigen al centro del país para pedir la ayuda oficial, gritar desde adentro, desde el histórico lugar que simboliza el poder de una nación es aludir a su historia. Colombia se ha construido a punta de sangre y nuestro mecanismo de defensa para subsistir ha sido el negar los hechos, ser convenientemente crédulos a lo que queremos creer, ignorar voluntariamente nuestra historia.

La fotografía de Erika Diettes no por estar cargada con una denuncia deja de ser lo que originalmente plantea como imagen: un retrato. El rostro desconsolado de una mujer y su contraparte, el inexpresivo chulo, confluyen sus expectantes miradas en el agua del río, donde movidos por distintos motivos tienen un desafortunado encuentro en busca de un mismo propósito. Bañadas las imágenes en una oscura aura de luto, nos convierten en su magnitud en espectadores obligados de un acontecimiento en el cual tres rostros intentan sacarnos momentáneamente de nuestra indiferencia desde la diversidad de la plaza de Bolívar, donde se comenzó a escribir nuestra historia.

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